No había más sillas, por lo que Konrad Burn permanecía de pie detrás de los demás. Era el más joven de todos, no debía de llegar a la treintena. Su rostro había sido hermoso tiempo atrás. Tenía unos penetrantes ojos verdes que brillaban como piedras preciosas, y llevaba su cabellera castaña recogida con una tira de cuero. Iba completamente ataviado con prendas de cuero en varias tonalidades de marrón que armonizaban con la tez oscura y la piel morena de los brazos. Un hacha pendía de la cadera, y llevaba un pequeño escudo a la espalda.

Calum no estaba seguro de qué era lo que había cambiado en el joven. Su rostro bien afeitado aún no mostraba arrugas, pero tampoco vida. Era como si estuviera mirando un cuadro de mala calidad que representaba a un hombre, pero que no transmitía vida. Únicamente sus ojos brillantes parecían estar vivos… y llenos de ira; la mujer de Konrad y su socio habían sido asesinados hacía dos años.

El cuerpo de Calum se estaba muriendo, pero su mente y su espíritu pedían a gritos la vida. Por el contrario, el cuerpo de Konrad seguía sano y fuerte, pero su mente y su espíritu aguardaban la muerte. Konrad vivía, pero sólo en cuanto a los movimientos estrictamente necesarios. Calum se habría cambiado por él sin dudar. Se preguntó si el joven habría accedido.

– Lo gemelos están fuera -dijo Jonathan-. Desean verte.

– No -respondió Calum-. Son demasiado jóvenes para presenciar cómo acaba la vida.

Jonathan le asió la mano con suavidad, y oprimió la frágil carne.

– No siempre acaba así, Calum. Y tú lo sabes.



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