
Estaba tumbado en el lecho, débil y jadeante, con el cuerpo empapado en sudor. Su mano, ahora flácida, era incapaz de sostener la de Jonathan. Éste asió la mano temblorosa entre las suyas. Una sola lágrima se abrió paso a través de la barba.
Teresa lo miraba fijamente; ni una lágrima. Pero Calum atisbo un profundo dolor en sus ojos. Nunca la había visto llorar. Se alegró de que aquélla no fuera la primera vez.
Konrad se había apartado de la cama, con los brazos cruzados y una mirada indefinida en sus ojos airados.
– Deja que entren los demás. Necesitan decirte adiós. -La voz de Jonathan era un rumor sordo y suave.
– No -dijo Calum jadeando. Quería acompañar su negativa con un movimiento de cabeza, pero se sentía demasiado débil. Ya casi no podía hablar-. Los jóvenes… no deben… verme… así.
– Te quieren, Calum.
– Se asustarán… si me ven así, se asustarán. '
Jonathan no quiso llevarle la contraria. Alzó la mano de Calum con sumo cuidado hasta que ésta le rozó el rostro, y presionó la débil carne contra la barba.
– Siempre has sido un buen amigo, Calum. Me gustaría poder ayudarte en esto.
– ¿Quieres que vaya a buscar al ama de llaves? -Preguntó Konrad-. Dijo que el doctor estaría aquí en seguida. -Parecía que tenía ganas de irse, como si tuviera algo que hacer aparte de observar el trance de la muerte.
– Ve -dijo Calum.
Konrad no esperó a que Calum insistiera. Se marchó a grandes zancadas, con soltura, maquinalmente. Calum lo odió en ese momento por ello.
El ama de llaves entró en la habitación. Era una mujer diminuta y entrada en carnes, con el pelo recogido en la coronilla en un moño perfecto. Sonrió a todos los presentes como si no pasara nada. Siempre que había alguien delante, se mostraba animada. En privado, había conseguido reconocer los diferentes estados de ánimo de Calum. Cuando necesitaba compasión, se la daba. Y lo mismo cuando necesitaba un punto de vista práctico. Calum había llegado a amar aquel rostro sencillo y sonriente.
