El doctor entró tras ella. Era un hombre de pequeña estatura, encorvado, que lucía una melena blanca como la nieve. Habría parecido incluso anciano si Calum no le hubiera llevado veinte años. La expresión de su rostro era profesionalmente alentadora. Ninguna emoción se haría patente en su cara o en su cuerpo a menos que él mismo así lo deseara. Calum envidiaba su capacidad de autocontrol.

– Lo siento, pero las visitas deben irse ahora -dijo el doctor-. Tengo que ver cómo está nuestro amigo.

Jonathan le apretó la mano.

– Te veré pronto, Calum.

Calum miró fijamente el rostro de su amigo, pero no respondió. Ambos eran conscientes de que quizá aquella vez sería la última.

Teresa lo besó en la frente con sus suaves labios. Su larga melena se abría en abanico enmarcándole el rostro, con un aroma de hierbas: pino, romero, dulce lavanda. Pronunció unas palabras en su musical y gutural lengua materna. Acaso una bendición, o tal vez una maldición, poco importaba ahora.

Konrad no regresó. Ni siquiera para despedirse. Nunca se había sentido cómodo en la cercanía de la enfermedad. Calum habría deseado que ninguno de ellos lo hubiera visto así. El hecho de que Konrad no se hubiera despedido de él despertó su ira.

La visita del doctor fue piadosamente breve. Le dejó otro frasco de su medicina, para lo que pudiera servir, y abandonó la estancia, siempre agradable, siempre sonriente. ¿Qué se les dice a un paciente que se está muriendo, y todos a su alrededor lo saben?

El ama de llaves salió tras el doctor. Acompañaría a los amigos de Calum hasta la puerta, no sin antes comprobar que todos estuvieran servidos, con una taza de té o un bocadillo. Su mirada se detuvo en la pared del fondo y el brillante tapiz que la recubría. Por un momento, su rostro afable se torció en una mueca de desaprobación. Después cerró la puerta tras ella.



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