– Miguel, te habrás dado cuenta de que hoy he venido más temprano que otras veces…

Miguel se abrazó a sí mismo y comenzó a acunarse hacia atrás y hacia adelante. Tenía unas orejas demasiado grandes y demasiado despegadas del cráneo, unas tiernas orejotas casi transparentes que ahora parecían aletear junto a su cara.

– No hagas eso le recriminó Zarza. ¿Por qué haces eso? Te vas a poner nervioso.

– Te irás. Te irás como antes. Otra vez. Te irás.

Todos tenemos miedo.

El Oráculo. Años atrás, él le había puesto a Miguel el sobrenombre del Oráculo. Era un apodo burlón y chistoso pero también certero, porque, a menudo, entre las frases pueriles o en apariencia incomprensibles que el chico decía, se colaban significados extrañamente atinados, augurios de finura escalofriante. Esa capacidad para decir lo indecible formaba parte de las rarezas de Miguel, del tesoro de su diferencia. Zarza se estremeció:

– ¿Por qué dices que me iré?

– No quiero perros. No quiero, no quiero. Cama, cama, cama.

El chico se tapó los ojos con las manos.

– No quiero verte. Cama, cama, cama.

– No puedes irte a la cama, Miguel. Es por la mañana y te acabas de levantar. Venga, hombre, no seas tonto… quítate las manos de la cara y mírame… ¡Mírame, por favor! Así está mejor… Verás, es verdad que a lo mejor me tengo que ir unos días fuera, pero es sólo una cosa de trabajo. Volveré prontísimo, enseguida, antes de que te des cuenta de que me he ido.

– Dame mi cubo reclamó él.

Ella se lo entregó y Miguel empezó a dar vueltas a los pequeños dados sin parar de balancearse en el asiento. Sino se calma terminará subiéndole la fiebre, como siempre, pensó Zarza con preocupación. En los episodios de fiebre muy elevada, sobre todo en las terribles calenturas de los niños, los enfermos pueden padecer delirios geométricos.



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