– Muchas gracias, Miguel. Me encanta que me lo prestes. Eres muy bueno.

El chico hundió la barbilla en el pecho y sonrió. Una sonrisa pequeña, como un rictus. Iba a cumplir treinta y dos años en primavera, pero representaba bastantes menos. El tono rojo de su pelo era mucho más vivo que el de Zarza; por lo demás, se parecían bastante, con la misma piel blanca y los mismos ojos de color azul oscuro: era la herencia O'Brian de la rama materna. En realidad era un chico guapo, incluso muy guapo; pero al primer vistazo se advertía en él algo que no acababa de cuadrar, algo inacabado, indeterminado e inquietante. Era muy delgado, rectilíneo, con los hombros picudos, y los omóplatos le sobresalían como dos alerones. Siempre estaba encogido sobre sí mismo, y a menudo mantenía los brazos plegados y las manos unidas a la altura del pecho, jugueteando con su Rubik o pellizcándose los dedos.

– ¿Qué tal estás? preguntó Zarza.

Miguel miró por la ventana más cercana.

– Marta tiene un perro -dijo.

– Ah, sí? Qué bien -contestó Zarza, preguntándose quién sería Marta.

– Chupa y chupa y chupa. Es un cochino. Yo también.

– ¿Tú también eres un cochino?

– Yo también quiero un perro.

Los ojos azules de Miguel naufragaban en una expresión opaca y asustadiza. Había nacido así, raro, tardo de mente y de reflejos, encerrado en su mundo. Algo le faltaba por dentro y eso se le veía en la cara; pero Zarza a veces pensaba que también tenía algo de lo que los demás carecían. Por eso resultaba tan ajeno, tan extraño. Visto así, medroso y encogido, con sus manitas atareadas, parecía una ardilla pelando una nuez. Aunque no, no era una ardilla, era más bien un pequeño murciélago, con la cabeza hundida entre los hombros y las alas plegadas a la espalda.

En la habitación sólo había otra persona, un tipo talvez nonagenario, diminuto y tan seco de carnes como sólo pueden serlo esos ancianos matusalénicos que parecen haber perdido ya su envoltura mortal. Vestía una bata de franela granate muy sobada y se mantenía milagrosamente de pie, apuntalado por una garrota y bien arrimado a la ventana del fondo.



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