Pero hoy no era un día normal. Para ella se habían acabado los días normales. Aunque, a decir verdad, Zarza siempre había desconfiado de la normalidad; siempre había temido que la cotidianidad fuera una construcción demasiado frágil, demasiado fina, tan fácilmente desbaratable como la vaporosa tela de una araña. Durante años, Zarza había intentado apuntalar el tenderete con sus rutinas, pero ahora el armazón se había venido abajo y era necesario que ella hiciera algo. Por lo pronto, no podía acercarse a la editorial. Si él conocía su domicilio, también conocería cuál era su empleo. Dio un volantazo y abandonó la autovía por la primera salida. Tenía que poner en orden sus ideas. Tenía que reflexionar sobre lo que hacer.

Unas cuantas calles más allá detuvo el coche. El azar, ese novelista loco que nos escribe, le había hecho pasar frente a un café que Zarza frecuentaba antiguamente. Eran las 8:50 y el lugar estaba recién abierto y casi vacío, adornado aún con unas desmayadas guirnaldas de Navidad. Se sentó al fondo, justo enfrente del velador que solía ocupar cuando iba por el café, tantos años atrás. Su antigua mesa también estaba libre, pero no se atrevió a utilizarla. Había algo que se lo impedía, un pequeño e incómodo recuerdo atravesado en la boca del estómago. Se instaló enfrente, pues, en una de las maltratadas mesas de mármol y madera, junto a la ventana, y durante un buen rato se concentró tan sólo en respirar.

– ¿Qué va a ser?

– Un té, por favor.

Respirar y seguir. En los peores momentos, Zarza lo sabía, había que aferrarse a los recursos básicos. Respirar y seguir. Había que desconectar todo lo superfluo y resistir, agarrarse a la existencia como un animal, como un molusco a su roca contra la ola. Además, siempre había sabido que esto llegaría. Debería haber estado preparada para ello. Pero no lo estaba. Zarza desconfiaba de sí misma y de su manera de encarar los problemas. Años atrás, él solía decir que Zarza tenía una personalidad fugitiva. Talvez tuviera razón; tal vez ella no supiera enfrentarse de manera directa con las cosas. Ni siquiera con el recuerdo de las cosas. A veces pensaba que se había hecho historiadora para poder apropiarse de la memoria ajena y escapar de la propia. Para tener algo que recordar que no doliera. El historiador como parásito del pasado de otros.



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