Precisamente desde la ventana del café se veían las torres de la universidad en la que Zarza estudió la carrera; aquí, en este local, era donde se solían reunir al salir de clase. Ella se hizo medievalista; él se especializó en historia contemporánea. Pero eso fue mucho tiempo atrás, en otra vida. Antes de que apareciera la Reina. Zarza volvió asentir un revuelo de náuseas en el estómago: quizá fuera el cadáver a medio digerir de su propia inocencia, se dijo con burlona grandilocuencia. Aunque ella nunca había sido verdaderamente inocente. La infancia es el lugar en el que habitas el resto de tu vida, pensó Zarza; los niños apaleados apalean niños de mayores, los hijos de borrachos se alcoholizan, los descendientes de suicidas se matan, los que tienen padres locos enloquecen.

¡Respirar y seguir! Tenía que endurecerse y concentrar sus fuerzas. Tenía que prepararse. Como los guerreros antes de la batalla. Por ejemplo, debería comer algo: no sabía cuándo podría volver a hacerlo. Apartó la taza de té, que apenas si había probado, y llamó al camarero.

– Por favor, un bocadillo de tortilla y un café.

Era lo que solía tomar con él, cuando venían aquí. Un bocadillo de tortilla con el pan tostado. Por entonces todavía disfrutaban comiendo, y existían las alamedas soleadas, y el olor a tierra mojada en las tormentas, y la tibia pereza de las mañanas del domingo. Ella nunca fue inocente, pero aquella vida de antes era casi una vida.

Podía intentar huir. O, por el contrario, podía enfrentarse a él. Ésas eran en realidad sus dos únicas opciones. Escaparse o matarlo. Zarza sonrió para sí con amargura, porque las dos alternativas le parecieron absurdas. De nuevo se encontraba sin salida. Aunque, quién sabe, quizá después de todo él no viniera a vengarse. Quizá la hubiera perdonado.



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