No éramos muchos pero no esperábamos a nadie más, y sin embargo, alguien llegaba ahora, a destiempo.

—¿Tú que quieres, mamá?

—Nada, hijo.

—Mamá, tienes que comer…

—Ahora no, Julio.

—Pues yo creo que voy a pedir fabada, y de segundo…

—¡Clara!

—¿Qué pasa? Estoy embarazada. Tengo hambre.

—Dejadla que coma lo que quiera. Hoy no es un día normal, cada uno tiene que hacer el duelo a su manera.

—¿Sí? Pues yo quiero angulas.

—¡Ni hablar!

—¡Pero papá! La tía Angélica acaba de decir…

—Me da igual lo que haya dicho la tía Angélica. Tú no pides angulas y se acabó.

—Vale, pues bogavante.

—¿Tú qué quieres, llevarte un bofetón?

—Y yo lo mismo que Guille…

—O sea, para Enrique otro bofetón.

—Bueno, ¿habéis decidido o no?

—Sí, chuletas de cordero para todos los niños —mis dos sobrinos bufaron a la vez, pero ninguno se atrevió a protestar—. De las entradas me encargo yo, y mamá que se tome una sopa, por lo menos.

—Que no quiero, Rafa.

—Pues un puré de verduras. [23]

—Que no.

—Angélica, díselo tú.

—Es verdad, mamá, tienes que comer algo.

—¡Una cosa, una cosa, una…! ¡Jo, que tengo la mano levantada!

—Vamos a ver, Julia, ¿y a ti qué te pasa?

—Pues que yo soy niña y prefiero pollo al ajillo.

—A ver, los que quieran pollo que levanten la mano…

Mi cuñada Isabel, brazo armado de su marido, que ejercitaba su condición de primogénito con inequívoca autoridad y ninguna consideración hacia la del camarero, empezó a contar y todos se callaron de repente, como si alguien hubiera pulsado el botón de pausa en la reproducción de una película mil veces repetida, las comidas familiares de los Carrión Otero en cualquier restaurante de la carretera de La Coruña, doce adultos, ya sólo once, y once niños, que pronto serían doce, hablando, gritando y moviéndose a la vez.



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