No lo era. Ya no lo era. Por eso me impresionó tanto verlos allí,

agrupados a un lado de la fosa, sin mezclarse con la otra mitad del duelo, estudiando a la viuda, a los hijos de Julito Carrión con la misma neutral sagacidad que yo invertía en sus rostros, en sus gestos. Si no me hubiera fijado en ellos, si no hubiera aceptado el desafío pacífico de sus rodillas desnudas y sus chaquetas de lana, quizás no habría llegado a ver nada después. Pero seguía mirándoles sin preguntarme por qué, mientras me preguntaba si ellos también se habrían dado cuenta de que yo no me parezco a mis hermanos, cuando el padre Aizpuru por fin dejó de hablar, y buscándome con los ojos, pronunció aquella frase temible, aproxímense los familiares.

Hasta aquel instante no había sido consciente del silencio, pero distinguí el ruido de un motor desde muy lejos y celebré su estrépito, el ronquido que enmascaraba el eco sucio de esas palas que removían la tierra como si pretendieran insultarme con su aspereza, castigar mis oídos de hijo cobarde, de alumno rebelde del padre Aizpuru. Aproxímense [22] los familiares, había dicho, y yo no me moví, se lo había anunciado a mi madre, a mis hermanos, a mi mujer, no me gustan los entierros, todos lo sabían. Mai me miró, me apretó la mano, yo negué con la cabeza, y se fue con ellos. Sólo entonces fui consciente del silencio, y con él, de la naturaleza del único sonido, agudo, feo, metálico, que enturbiaba la limpieza de aquella mañana fría y sin pájaros. Luego vendrán las sogas, calculé, los resoplidos de los hombres esforzándose y la humillación brutal de la madera que golpea las paredes de la fosa, pero no escucharía ningún otro sonido, porque llegó aquel coche, distinguí el profano, reconfortante ruido de su motor desde muy lejos, lo oí crecer, acercarse, cesar de golpe un instante después de que las palas terminaran su trabajo.



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