
¿Qué sois, hombres o niñas? Otra imagen de España, él llevaba la sotana cerrada hasta el último botón y yo tiritaba como un cordero recién esquilado mientras caía una lluvia que parecía nieve, millones de gotas mínimas, ingrávidas, ignorantes de las recompensas de la virilidad humana, que desarrollaban una pauta peculiar al estrellarse contra mi cuerpo, y primero helaban, y luego me quemaban la piel enrojecida al ritmo de sus palmadas. ¿Qué sois, hombres o niñas? Yo nunca contestaba con entusiasmo a esa pregunta, ¡hombres!, porque en mi cabeza sólo cabía una idea, una frase, tres palabras, serás cabrón, Aizpuru, serás cabrón, y me vengaba como el tonto más ingenuo que jamás ha cumplido dieciséis años, quedándome callado en la misa de los viernes, sin rezar, sin cantar, sin arrodillarme, jódete, Aizpuru, que por tu culpa he perdido la fe. Hasta que él llamó a mi madre, la citó en el colegio después de clase, habló mucho tiempo con ella, le pidió que me vigilara. Alvarito no es como sus hermanos, le dijo, es más sensible, más conflictivo, más débil. Un buen chaval, estudioso, responsable, sí, inteligente, hasta demasiado inteligente para su edad, por eso me preocupa. Los chicos como él pueden torcerse, por eso creo que conviene que le vigilen, que le estimulen un poco. Y aquella noche, mamá se sentó en el borde de mi cama, me peinó con los dedos, y sin mirarme a los ojos, me dijo, Álvaro, hijo, a ti te gustan las chicas, ¿verdad? Sí, mamá, le contesté, me gustan mucho. Ella suspiró, me besó, salió de la habitación, nunca volvió a interrogarme sobre mis gustos y jamás le contó a mi padre una palabra de su conversación con mi tutor. Yo acabé el curso con buenas notas y una imperturbable sintonía en la cabeza, serás cabrón, Aizpuru, serás cabrón, sin sospechar que muchos años después comprendería que era él, y no yo, quien tenía razón.
