
Álvaro, hijo, ya que no te ha dado la gana de ponerte un traje y una corbata, sé cariñoso por lo menos con el padre Aizpuru, te lo pido por favor… Eso era lo único que me había pedido mi madre aquella mañana, y yo me había adelantado a darle la mano antes que nadie para que la frialdad de mi bienvenida fuera compensada de inmediato por los aspavientos de mi hermano Rafa, de mi hermano Julio, hombres y no niñas que se abandonaron en los brazos de aquel anciano gordo [19] que les acariciaba la cabeza, y les besaba en las mejillas, y les arrugaba las solapas, babeando todos, llorando a la vez. Fraternidad marista, amor filial, yo tengo dos mamás, una en la tierra y otra en el cielo. Una mariconada, bien pensado. Intenté comentárselo a mi mujer y me pegó un pisotón. Mi madre de la tierra, que me dirigió la última mirada de alarma en el vestíbulo de su casa,
debía de haber hablado con ella, y mi padre acababa de morir, íbamos a enterrarlo, todos teníamos bastante y su viuda más que ninguno, así que hice todo lo que se suponía que tenía que hacer, todo excepto acercarme a la fosa.
El padre Aizpuru tenía razón, yo no era como mis hermanos, y sin embargo era un buen chico, siempre lo he sido, y he creado menos problemas, menos conflictos que cualquiera de ellos dos. En el mundo anumérico, acientífico, en el que me crié, mi capacidad para el cálculo abstracto, superior desde luego al de la media de la población, cimentó la leyenda de una inteligencia que tampoco creo poseer. Soy físico teórico, eso sí, y esta definición enarca las cejas y redondea de asombro los labios de quienes la escuchan por primera vez, hasta que se paran a pensar en su significado, mi sueldo de profesor en la universidad, mis posibilidades de llegar a ser lo que ellos consideran rico o importante.
