Era Calcuta.


3

Mientras esperaba a que Ava siguiera con la tarjeta, Antar echó la silla hacia atrás, inclinándola sobre sus ruedecillas, hasta que pudo ver la cocina por la puerta del cuarto de estar. Sobre el fregadero había una ventana y, estirando el cuello, alcanzaba a ver la parte trasera del apartamento de Tara, al otro lado del patio. Sintió alivio al ver que aún no había llegado; el apartamento estaba a oscuras.

Volvió a repantigarse en la silla, bostezando. Se le empezaron a nublar los ojos al pensar en el té dulce, oscuro y humeante que le esperaba bajo las luces de neón de la cafetería de Penn Station; en los demás parroquianos que acudían de vez en cuando: el cajero sudanés, la elegante guyanesa que trabajaba en una tienda de ropa usada de Chelsea, el joven bangladeshí del quiosco del metro. Muchas veces se limitaban a sentarse en afable silencio al fondo de la cafetería, en torno a una mesa redonda con tablero de plástico, dando sorbos de té o café en tazas de papel, mientras veían cintas de películas hindis y árabes en un pequeño televisor portátil. Pero de cuando en cuando se entablaba alguna conversación o intercambiaban información sobre un aparato que vendían en algún sitio o una nueva estratagema para no gastar fichas de metro.

Antar empezó a ir a aquella cafetería porque el dueño era egipcio, como él. No es que echara en falta hablar en árabe, ni mucho menos. Ya tenía bastante durante todo el día con Ava. Desde que la programaron para simular una actitud «descentralizada», Ava hablaba con él en el correspondiente dialecto rural del Delta del Nilo.



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