Habían perfeccionado su capacidad de reproducir la voz, de manera que incluso podía cambiar de tono en función de lo que se dijera: de viejo a joven, de hombre a mujer. A él se le había olvidado un poco el dialecto; sólo tenía catorce años cuando salió de su pueblo para El Cairo y nunca había vuelto. En ocasiones le costaba trabajo seguir a Ava. Y a veces, en alguna expresión insólita o un giro típico, reconocía el estilo de algún pariente olvidado mucho tiempo atrás.

Era un alivio escapar de aquellas voces por la noche; salir de aquel edificio desolado y frío, enjaulado en los andamios de sus salidas de incendios de herrumbroso acero; alejarse del eco metálico de sus escaleras y corredores. Había algo tonificante, casi mágico, en caminar por aquella calle azotada por el viento hacia los pasajes brillantemente iluminados de Penn Station, en la multitud que se arremolinaba en torno a las taquillas, en el retumbar de trenes bajo los pies, en el músico callejero con su flauta de bambú, cuyo murmullo bajo y profundo vibraba en el asfalto como un latido amplificado.

Y, por supuesto, estaba el té. El dueño lo hacía especialmente para ellos dos en una tetera de porcelana desportillada, espeso y dulzón, con un toque de menta: tal como Antar lo recordaba de su niñez.

Se pasó el dedo por el empapado cuello de la camisa. Hacía mucho calor aquel día: sofocante si cerraba la ventana, húmedo si la dejaba abierta. Abajo, el portal del edificio se abría y cerraba continuamente, sentía el impacto a través del suelo cada vez que lo cerraban de golpe. La gente que trabajaba en los almacenes y depósitos de los tres primeros pisos ya se estaba yendo a casa, un poco antes debido al largo fin de semana que se presentaba. Los oía en la calle, gritándose unos a otros mientras se dirigían a la estación de metro de la Séptima Avenida. Siempre sentía alivio cuando cesaban los portazos y la casa quedaba de nuevo en silencio.



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