
Hubo una época en que el edificio sólo era de viviendas, todas alquiladas a familias; a familias numerosas, bulliciosas, de Oriente Medio y Asia central: kurdos, afganos, tayik e incluso algunos egipcios. Muchas veces se veía obligado a llamar a la puerta de sus vecinos para pedirles que hicieran menos ruido. Tayseer, su mujer, se volvió muy sensible al ruido cuando tuvo que guardar cama durante el último trimestre de embarazo. Antes nunca reparaba cuando los vecinos armaban alboroto por el patio, ni cuando los niños patinaban por los pasillos. Se había criado cerca de los entoldados zocos de Bab Zuwayla, en El Cairo: le gustaba la sensación de bazar que daba el edificio, con todos los inquilinos visitándose mutuamente y sentándose en el portal en las noches de verano, mientras los niños jugaban alrededor de la boca contra incendios. Le gustaba el edificio, aun cuando la asustase el barrio, sobre todo el denso tráfico que había a ambos lados: la autopista del Oeste a un extremo y los aledaños del Túnel Lincoln al otro. Pero quiso mudarse allí de todos modos: pensaba que sería más fácil tener un hijo en aquel edificio, con tantas mujeres y niños alrededor.
Al final dio lo mismo: ella y el niño murieron de una embolia amniótica en la trigésima quinta semana de embarazo.
Ya no quedaba ninguna de aquellas familias ruidosas y festivas que tanto habían atraído a Tayseer. Se habían ido mudando poco a poco hacia las afueras y a ciudades pequeñas por exigencias de sus negocios en expansión y su progenie cada vez más numerosa. Antar había pensado a veces en mudarse también, pero sin mucha convicción.
Al principio creía que el edificio volvería a llenarse después de la marcha de sus vecinos, igual que había sucedido en generaciones anteriores, cuando una oleada de emigrantes se iba y otra venía. Pero en algún momento se había modificado la tendencia: un cambio en la planificación urbana impulsó a los propietarios del edificio a transformar los apartamentos vacíos en locales comerciales. 