
20 de agosto: Día del Mosquito
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Si el sistema no se hubiera bloqueado, Antar nunca habría adivinado que el trozo de papel que tenía en la pantalla eran los restos de un carné de identidad. Parecía como salvado del fuego: la lámina de plástico estaba combada y derretida por los bordes. La mayor parte de las letras era ilegible y la fotografía había desaparecido bajo una mancha de tizne. Pero aún tenía una cadena metálica de unos diez centímetros inexplicablemente prendida: un bucle oxidado que pendía como un rabo de un agujero en la esquina superior izquierda. Era la cadena la causa del bloqueo, no el carné.
La tarjeta de identidad apareció en uno de esos tediosos inventarios que circulaban como un relámpago por el globo con regularidad de metrónomo sin que Antar viese razón para ello, salvo que era lo que mejor hacía el sistema. Una vez que empezaba no paraba de recibirlos, durante horas, en una interminable sucesión de documentos y objetos, deteniéndose únicamente cuando tropezaba con algo que no podía archivar: normalmente, lo más trivial.
Una vez fue un pisapapeles de cristal, de esos que mueven copos de nieve cuando se les da la vuelta; otra, un frasquito de líquido corrector, procedente de la oficina de una instalación de regadío un poco al sur del Mar de Aral. En ambas ocasiones la máquina fue presa de un controlado frenesí, planteando preguntas sin parar, una tras otra.
Antar conocía niños así: ¿por qué?, ¿qué?, ¿cuándo?, ¿dónde?, ¿cómo? Pero los niños preguntaban por curiosidad; lo de aquellos sistemas AVA/IIe era distinto, algo que él solo podía describir como el simulado afán de mejorarse a sí mismos. 