Ya hacía dos años que lo utilizaba, y seguía dejándole pasmado el ansia de perfección que manifestaba la máquina. Lo que no reconocía, lo apartaba a un lado de la pantalla y realizaba microscópicos análisis estructurales, girando las imágenes de un lado a otro, volviéndolas del revés, poniéndolas de costado, logrando enfoques cada vez más detallados.

No paraba hasta que Antar le comunicaba todo cuanto sabía del objeto que ella estuviese manipulando en la pantalla. Él trataba de encaminarla hacia las enciclopedias del sistema, pero sin resultado. En algún punto del montaje la habían programado para descubrir información en tiempo real, y lo hacía con absoluta determinación. Una vez que le sonsacaba el último y más insignificante detalle, imprimía un giro final al objeto que tuviese en pantalla antes de enviarlo, con una complacencia extrañamente humana, al limbo sin horizontes de su memoria.

Aquella vez del pisapapeles, Antar tardó un minuto entero en darse cuenta de lo que pasaba. Estaba leyendo: le habían dejado un aparato que proyectaba páginas de revistas o de libros en la pared del cuarto. Mientras no moviese demasiado la cabeza y pulsara la tecla adecuada a un ritmo sostenido, Ava ignoraba que no le estaba dedicando toda la atención. El aparato era ilegal, claro está, precisamente porque estaba destinado a gente como él, que trabajaba sola, en casa.

Ava no lo notó la primera vez, pero volvió a ocurrir con el líquido corrector: Antar estaba leyendo, de cara a la pared, cuando la máquina se quedó muy quieta. De pronto empezaron a destellar advertencias en la pantalla. Antar ocultó rápidamente el libro, pero ella ya sabía que pasaba algo. A finales de semana recibió una nota de su empresa, el Consejo Hidráulico Internacional, donde se le comunicaba que le habían reducido el sueldo por «bajada en la productividad», con la advertencia de que un nuevo descenso podría acarrear una disminución de su pensión de jubilación.



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