
Meditó un momento sobre la cadena. Ya hacía años que no veía ninguna, y no lograba acordarse de cuándo aparecieron por primera vez: probablemente en los años ochenta. Por entonces ya llevaba más de diez años en Alerta Vital. Había entrado nada más licenciarse en la Universidad Patricio Lumumba de Moscú, en la época en que los rusos seguían repartiendo becas a estudiantes de países pobres; cuando Moscú era el mejor sitio para estudiar programación lineal. Alerta Vital publicó un anuncio en la prensa internacional en el que pedía un programador y analista para llevar su contabilidad desde un terminal conectado a la línea. Era un trabajo de cálculo, nada que ver con su formación. Pero por otro lado era seguro, estable y garantizado, y le ofrecía salario americano y visado seguro. Contestó enseguida, aunque no confiaba en que llegaran a dárselo: sabía que la competencia sería feroz. Pero resultó ser el tercero de la lista, y los dos que tenía delante recibieron otras ofertas.
Antar se frotó las yemas de los dedos, conmovido por una nostalgia sensorial, recordando el tacto de aquellas cadenas y aquellos carnés plastificados. Las cadenas eran de dos tamaños, según recordaba: podían llevarse colgadas al cuello o pasadas por el ojal de la solapa. Él siempre había preferido las cortas.
Le llevó tiempo teclear las respuestas a las preguntas de Ava. Entretanto, la máquina se entretenía jugando con la tarjeta, dándole la vuelta, ampliando secciones de forma aleatoria.
De pronto destelló un símbolo a través del monitor: salió disparado de una esquina y fue rodando y disminuyendo de tamaño a medida que avanzaba. Antar lo vio justo antes de que desapareciese por la otra esquina de la pantalla. Se precipitó al teclado y, despacio, lo hizo volver. Cuando tuvo el símbolo centrado, paralizó la imagen. 