Inquieto como estaba, probablemente no habría mirado dos veces el carné; si de él hubiera dependido, lo habría despachado con sólo pulsar una tecla, enviándolo a la insondable oscuridad del corazón de Ava. Le prestó mayor atención únicamente porque la máquina cayó en uno de sus trances al no reconocer la cadena metálica.

La cadena se componía de minúsculas esferas metálicas entrelazadas. Estaba rayada y oxidada y había perdido el cromado, pero Antar la reconoció nada más verla. Había llevado una, durante años, cuando trabajaba en Alerta Vital.

Alerta Vital era una organización sin fines de lucro, pequeña pero respetada, que servía de consultoría general de salud pública y banco de datos epidemiológicos. Había trabajado allí mucho tiempo como programador y analista de sistemas. En cierto sentido, seguía trabajando allí, aunque desde hacía mucho Alerta Vital, como tantas otras organizaciones independientes, había sido absorbida en la gigantesca división de salud pública del recién creado Consejo Hidráulico Internacional. Como la mayoría de sus colegas, Antar había sido destinado a un intrascendente trabajo «en casa» hasta que le llegara el momento de la jubilación. Técnicamente estaba en la nómina del Consejo, pero nunca había pisado sus oficinas de Nueva York. No había necesidad: se comunicaban con él a través de Ava siempre que querían, cosa que no ocurría a menudo.

Antar recordaba la época en que todo el mundo llevaba aquellas cadenitas en Alerta Vital, junto con tarjetas de servicio con código de barras; siempre le habían gustado las cadenas. Le encantaba el tacto de las esferas metálicas, pasarlas entre los dedos; parecían cuentas de minúsculos rosarios.



7 из 277