
En cierta ocasión preguntó a su madre quién era el hombre que el cuadro rescatado ofrecía.
– Es tu padre -dijo Elena. Y enseguida cambió de conversación.
El trastorno comenzó a surgir cuando Elena decidió enviarlo al colegio. Para no ausentarse de la tienda, le pidió a una vecina que, al tiempo que llevaba a su hijo a la escuela, también pudiera llevar a Manuel. Al niño aquella novedad le atraía. Era muy gratificante conocer a otros niños, jugar con ellos, reír con ellos y dormir la siesta con ellos. Enseguida tuvo amigos; niños como él pero con ciertas diferencias. Por ejemplo, algunos se quejaban de cualquier bobada, otros decían incongruencias que Manuel no sabía asimilar; la mayoría nunca sonreía y a la hora de la siesta lloraban.
Al finalizar el curso, se organizó una obra escenificada dirigida por la maestra principal. A Manuel le vistieron de ángel y de su espalda se alzaban un par de alas blancas, que hacían juego con su túnica de raso.
Aquella tarde la sala de actos se llenó de gente. La mayoría la formaban los padres y abuelos de los niños.
Al terminar la representación, niños y familiares se concentraron en el jardín del colegio. Allí los esperaba un pequeño refrigerio para celebrar el fin de curso.
Elena disfrutaba mucho cuando veía a su hijo, tan unido a sus amigos.
No obstante, cuando regresaron a su casa, algo parecido a un ceño ensombrecía la faz del niño. Parecía abstraído, como preocupado por una extraña interioridad que no acababa de salir a flote.
– ¿Te ocurre algo? -preguntó la madre.
Manuel no contestó. Continuaba inmerso en sus cavilaciones.
– ¿Qué te ocurre, hijo? -insistió Elena.
– Pensaba -contestó el niño.
– ¿Y qué pensabas?
