
– Algo raro. Algo que no entiendo.
– Dime lo que es y yo te lo aclararé todo.
A veces ciertas respuestas no concuerdan con las preguntas. A veces las respuestas pueden incluso hacer estallar la caja secreta de nuevas preguntas sin explicación posible. A veces aclarar ignorancias y ciertas dudas contribuye a multiplicar las dudas y las ignorancias.
El niño miró a su madre y le dijo:
– Todos mis amigos tienen un padre. ¿Dónde está el mío? ¿Por qué no ha venido al colegio como lo han hecho los padres de mis amigos?
Elena fingió no haberlo oído.
Precisaba darse tiempo para decidir cuál debía ser su respuesta.
En realidad, nunca se detuvo a meditar que el pequeño pudiera hacerle semejante pregunta. Siempre imaginó que cuando fuera mayor, ella podría inventar un padre descastado que al nacer el pequeño la dejó sola.
Tras un breve examen de lo que debía responderle, exclamó como si no diera importancia a la pregunta del pequeño:
– No todos los padres de los alumnos estaban en la sala de actos. -Y para distraerle de la pregunta se aproximó llevando al niño de la mano a un escaparate donde vendían juguetes.
Manuel se abstuvo enseguida de hacer preguntas. Los juguetes podían más que su curiosidad: El escaparate era una especie de pregón para los niños. Pertenecía a una tienda de dimensiones considerables y sus vitrinas grandes y bien iluminadas eran como brotes de luz propia de El País de las Maravillas.
– Mamá, quiero ese tren; lápices de colores, esos perritos que caminan…
Lo que ya no quería Manuel era un padre.
Los grandes deseos casi nunca pueden más que las grandes ofertas prontas a convertirse en posesiones. Y Elena aprovechó la ocasión para entrar en la tienda y satisfacer, modestamente algún pequeño deseo del hijo.
Al llegar a su casa la pregunta temida se había esfumado. Manuel era feliz con su juguete.
Se trataba de un perrito que lanzaba tímidos ladridos y movía la cola. Tanto le gustaba aquel regalo inesperado, que al acostarse lo metía en la cama y dormía con él.
