– Es cierto, pero yo no pretendía que me compadecieras. Al fin y al cabo fuiste tú quien se empeñaba en saber las razones de mi vida.

– Porque oírte era una novedad muy positiva que nunca hasta entonces había experimentado. De pronto comprendí que vuestra profesión, lejos de ser algo degradante, podía ocultar un mundo de impotencias desesperadas que forzosamente exigían lo que de algún modo os obligaba a soportar -y tras un breve silencio continuó hablando-, tu ausencia fue algo más que perder un hábito sin destino, una de esas costumbres que en ocasiones se nos antojan necesarias para nivelar las exigencias del sexo. Hablar contigo era como pasar un examen de conciencia. Algo parecido a introducirse en un palacio bellísimo, pero saqueado y vacío.

Elena lo miraba fijamente pero no hablaba. Durante aquellos siete años más de una vez se había acordado de aquel hombre. Se llamaba Fabián Hibernón, y cuando ella abandonó la empresa de Tristana fue la única persona que, de vez en cuando, se metía en sus insomnios y en sus depresiones.

Era difícil averiguar por qué razón aquel cliente no se parecía a los otros.

Bastaba mirarlo para comprender que se trataba de alguien distinto del resto de los clientes. Jamás hablaba de si mismo. Era ponderado y casi respetuoso. A veces la miraba como sí Elena no fuese una mujer sin rumbo y a la deriva de un mar enfurecido que la incitaba a naufragar.

Comprendió pronto que su idiosincrasia no llegaba a encajar en su profesión.

Probablemente fue ese descubrimiento lo que poco a poco iba trocando su voluntad intuitiva en una necesidad entre espiritual y un tanto intelectual.

Acercarse a ella pronto dejó de ser el objeto de un deseo físico.

Pensó también que el ser humano precisaba algo más que el sexo.

Nada era importante si los placeres físicos no se conectaban con cierto toque espiritual.



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