
Y Manuel se propuso buscarlo.
4
Inesperadamente un día llegó a la tienda de Elena un hombre de aspecto impecable, bien vestido, bien afeitado mientras esbozaba una sonrisa agradable.
– Elena.
Lo miró ella con cierto temor mientras despachaba a una clienta.
– Un momento, por favor, estoy con usted en cuanto termine con esa señora.
Fue un terminar algo angustioso.
En el fondo lo que Elena deseaba era que el trato con la clienta no terminara, que se quedara mucho rato eligiendo prendas y dudando cuál de ellas era la adecuada.
Había clientas dubitativas que siempre prolongaban sus decisiones. Eran seres flotantes y exentos de seguridad que con excusas torpes solían prolongar las elecciones de las prendas que les proponían porque la duda era la directriz constante en sus formas de vida.
Pero aquella clienta era decidida y casi nunca dudaba sobre lo que precisaba comprar.
Elena trató de dar largas, pero la clienta tenía prisa y tras pagar la mercancía, cogió la bolsa y se fue.
El hombre que aguardaba tras el mostrador inmediatamente trató de abordarla:
– Por fin, dijo.
– ¿Sabes cuánto tiempo llevo buscándote? Más o menos seis o siete años.
Elena lo miró fijamente pero no le contestó y el hombre continuó hablando:
– Tristana me dijo que ya no trabajabas con ella, que te habías establecido por tu cuenta y que habías tenido un hijo. Pero no quiso hablarme de tu nuevo trabajo, ni tampoco me dio tus señas.
– Yo le rogué que no las diera a nadie.
– Pero, Elena, ¿cómo puedes considerarme nadie? Tú sabes hasta que punto tu historia llegó a interesarme. ¡Cuántas veces estuvimos juntos únicamente hablando! Tu historia me apasionaba mucho más que tu belleza. Cuando te escuchaba, mi calma interior vencía el deseo. Nada me conmovía tanto como el sonido de tu voz; entrar en el dolor de tu vida y contemplar hasta qué punto la tarea que realizabas más que beneficiarte te estaba matando poco a poco.
