
La protagonista es una tal Elena, de quien sólo se nos dice que vivía en una ciudad con puerto, eso es, asomada a una imagen del infinito. Se produce un gran desastre, un huracán que acaba con todo su mundo, «nada estaba en su sitio, nada tenía una razón de ser». Queda huérfana y sólo puede salvar de la catástrofe «un reloj de pared tumbado» y «un cuadro pequeño», el tiempo que parece haberse detenido y un retrato del que por ahora no sabemos nada.
Con estos pobres recuerdos que ha salvado del cataclismo, Elena va a la gran ciudad, donde su amiga Tristana le proporciona un trabajo bien remunerado, aunque evidentemente muy poco honroso; no se entra en detalles, por fortuna ésta no es una novela realista en la acepción usual del termino, nos basta saber que la joven se queda embarazada, decide tener este hijo y abandona la vida que llevaba para poner una tienda de ropa. El día de Año Nuevo nace Manuel, que tendrá el papel principal en el resto del libro.
Años después, cuando el niño pregunta por su padre, Elena le dice que es el hombre del cuadro, pero no puede darle más explicaciones porque ella tampoco lo sabe. Y la historia sigue con las pesquisas casi detectivescas de Manuel y la añadidura de una paternidad supletoria, un antiguo cliente de ella que a pesar de su buena voluntad no consigue llenar el hueco de esta ausencia. Habrá que seguir buscando sin cansarse.
Poco más del hilo argumental se puede contar en un prólogo, ya que se rompería la necesaria reserva de la narración y que hay que respetar. El cuadro es un extraño objeto con el que se conversa, y que da indicaciones -por así decirlo, pistas- acerca de sí mismo. Insensiblemente hemos penetrado en un mundo que requiere cierta penumbra, lo que buscamos no puede estar a plena luz, tal vez esté más allá de lo que se ve.
