Mercedes Salisachs, en su fecunda vejez (a sus noventa y cuatro años es posible que sea la escritora contemporánea en activo de mayor edad) nos ha dado esa especie de parábola tan sencilla como misteriosa. Como en todos sus libros, con un drama que parece irredimible y un soplo de esperanza que lo transfigura todo y abre un nuevo horizonte. Los ingredientes novelescos son los de la vida cotidiana, tragedias vulgares, errores, anhelos indefinidos, y el sentimiento de algo más que hace posible la búsqueda.

Carlos Pujol

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Elena llevaba ya siete años viviendo en una ciudad que tenía puerto.

El mar era un sueño de la infancia que sólo pudo alcanzar cuando se quedó sola. Fue una soledad muy tormentosa e inesperada. De improviso sucedió el desastre causado por un huracán. Nada podía evitarlo. Y en pocos instantes el pueblo se quedó sin casas, puente, árboles, vehículos, gentes y un sin fin de objetos y recuerdos destinados a perderse para siempre.

Surgió la desorientación general y los pequeños caos particulares que sólo se perciben cuando el caos general es total.

En medio de aquel desbarajuste era imposible pensar. Los momentos desarticulados carecen de soportes y no alcanzan a unificar ideas, proyectos y toda clase de posibilidades dignas de ser razonadas y dosificadas.

Lo de menos era aceptar lo ocurrido. Lo esencial consistía en saberse viva: autoanalizarse, respirar y tratar de asumir el desaguisado que acababa de ocurrir.

No tardó mucho en descubrir a sus padres. Los cubría un inmenso árbol desprovisto de hojas pero con las guadañas de unas ramas robustas que los estaba aprisionando.



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