
Elena frunció el entrecejo y casi se volvió agresiva:
– No pretenderás que vuelva a quedarme sola. Por fin podré tener un principio de familia.
– O un final de independencia.
– ¿Crees que ofrecer placeres a fuerza de tender la mano es vivir independiente? -preguntó Elena.
Tristana no contestó. En el fondo lo que realmente le preocupaba no era que su amiga se complicara la vida con un hijo de nadie. Lo que realmente le molestaba era que, por culpa de un «alguien» desconocido, una de sus más cotizadas mercancías decidiera esfumarse. ¿Cómo explicar a sus clientes la ausencia de aquella presencia tan apreciada y solicitada?
No obstante Tristana todavía intentó cambiar el rumbo de sus decisiones dándole un toque de atención.
– Eres demasiado bonita para desperdiciar tu vida regentando una tienducha y dedicada a cuidar de un crío.
– La belleza dura poco. Los críos crecen. Y el amor de una madre no puede compararse al que ofrecen los clientes de tu empresa.
– A lo mejor uno de esos clientes podría retirarte. Conozco varios casos que lo consiguieron y acabaron siendo millonarias.
– Serán millonarias pero también miserables. Yo no seré miserable. Tener un hijo siempre enriquece.
***
Cambió Elena de casa. Se olvidó del mar y se adentró en el centro de la ciudad. Encontró una vivienda barata que formaba parte de una plaza y cuya estructura le permitía instalar una pequeña tienda de prendas para la mujer: medias, camisetas, pijamas, ropa interior, zapatillas, batas, todo lo que lentamente Elena iba descubriendo para mejorar su discreto negocio.
Cuando el niño vino a este mundo y con él regresó a su casa, el negocio, aunque modesto, prosperaba y el día del bautizo fue una fiesta para todo el barrio.
Como nació el primer día del año, el nombre que le impusieron fue Manuel…
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