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El principio no fue agradable. Pero el dinero suavizaba pronto las durezas y vergüenzas que debía soportar.
Los clientes se hartaban de ensalzar sus belleza entre recatada, inocente y audaz.
Todos querían conocerla, utilizarla y convertirla en la más cotizada de la organización que Tristana dirigía.
Y el dinero comenzó a llenar las arcas vacías de Elena.
Al poco tiempo sus inevitables reparos empezaron a convertirse en costumbre.
Lo que fue altamente incómodo se le iba disipando para ser otra cosa; algo muy alejado de su vida pasada, pero que configuraba un presente nuevo y lleno de promesas.
Pronto pudo alquilar un piso en un barrio cercano al puerto.
El mar ya no era un deseo incumplido. Desde el balcón de su casa el mar era ya algo suyo, un anhelo conseguido y una esperanza realizada.
Por eso, en sus horas libres, Elena casi podía olvidarse del pueblo destruido, del entierro masivo de cuerpos sin entidad definida y hasta le fue posible imaginar que su profesión no era deshonrosa.
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Cuando Tristana supo que Elena estaba embarazada, se le llenó el rostro de una ráfaga de enfado.
– Pero hija, ¿cómo has llegado a ese extremo? ¿Por qué dejaste de lado las reglas que yo te di? ¿Por qué olvidaste las precauciones necesarias?
– Fue un descuido, me olvidé.
– Pues menuda la has hecho con tu olvido -y tras ese pequeño enfado, Tristana preguntó- ¿Qué vas a hacer ahora?
– Cambiar de vida. Tengo suficiente caudal para abrir un pequeño negocio. No quiero que mi hijo pueda avergonzarse de su madre.
– Así que piensas tenerlo.
– Naturalmente. No voy a matarlo.
– ¿Quién es el padre?
– No lo sé. Hoy día hay muchos hijos que nacen sin padre.
A Tristana la decisión de Elena no le convencía.
– También son muchos los padres que precisan hijos. Podrías darlo en adopción.
