
La pequeña bola blanca cobró velocidad sobre la ruleta, antes de caer y saltar de un lado a otro sobre las diminutas ranuras negras y rojas.
Armstrong dejó la mirada perdida en la distancia. Se negó a bajarla, incluso después de que la bola quedara depositada sobre una de las ranuras.
– Vingt-six -anunció el crupier, que empezó a recoger inmediatamente con la paleta las fichas diseminadas sobre todos los números, excepto el veintiséis.
Armstrong se alejó de la mesa sin mirar siquiera al crupier. Avanzó lentamente por entre las atestadas mesas de backgammon y ruleta, hasta llegar a las puertas dobles que conducían hacia el mundo real. Un hombre alto, con una larga levita azul, le abrió una de las hojas y sonrió al conocido jugador, a la espera de la habitual propina de cien francos. Pero eso no sería posible esta noche.
Armstrong se pasó una mano a través del denso cabello negro, descendió por entre los frondosos jardines aterrazados del casino y pasó ante la fuente. Ya habían transcurrido catorce horas desde la reunión de emergencia del consejo de administración, en Londres, y empezaba a sentirse agotado.
A pesar de su corpulencia (Armstrong no se había pesado desde hacía varios años), mantuvo un paso firme a lo largo del paseo, y sólo se detuvo al llegar ante su restaurante favorito, que dominaba la bahía. Sabía que todas las mesas estarían reservadas por lo menos con una semana de anticipación, y el simple hecho de pensar en el problema que iba a causar arrancó una sonrisa de su rostro, por primera vez durante aquella noche.
Abrió la puerta de acceso al restaurante. El maître, alto y delgado, giró sobre sus talones y trató de ocultar su sorpresa con una fuerte inclinación.
– Buenas noches, señor Armstrong -le saludó-. Qué agradable verle de nuevo por aquí. ¿Le acompañará alguien?
