El respetable matrimonio presbiteriano que buscaba James respondió, desde Peebles, a uno de los anuncios publicados, y después de que varias cartas fueron y vinieron entre Kinross y Peebles dijeron que, por cincuenta libras, estarían muy complacidos de custodiar a la novia.

Alastair y Mary se encargaron de acompañar a Elizabeth en un carruaje hasta Kirkaldy, donde abordaron un vapor en el que cruzaron el estuario del Forth para llegar hasta Leith. Desde allí, varios tranvías tirados por caballos los llevaron a Edimburgo y luego hasta la estación de Princes Street, donde los estarían esperando el señor Richard Watson y su esposa.

Las aguas del estuario estaban bastante agitadas, así que de no haber sido por el mareo que le sobrevino en el ferry, Elizabeth se habría mostrado ansiosa; en toda su vida no había ido más allá de Kirkaldy, y la vasta ciudad de Edimburgo debería haberla impresionado; a pesar de todo, seguía disfrutando del paseo que había dado en Kirkaldy. Como Catherine y Robert vivían allí, habían ido a recibirlos para mostrar a Elizabeth los lugares más bonitos de la ciudad. En cambio, la joven no logró entusiasmarse con el bullicio de Edimburgo ni apreciar la belleza de que la dotaban el clima invernal y las colinas y barrancos cubiertos de bosques. Cuando el último de los tranvías los dejó en la estación del ferrocarril del Norte, se dejó guiar por Alastair, que la ayudó a acomodarse en el minúsculo compartimiento de segunda clase que habría de compartir con los Watson hasta que llegaran a Londres, y permitió que él se ocupara de escudriñar la abarrotada plataforma en busca de sus demorados acompañantes.



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