– Usted dijo que escapó…

– El día que cumplía quince años -dijo la señorita MacTavish, y pasó a contar su versión de la historia-. Al doctor MacGregor, el anterior ministro, eso le rompió el corazón. Solía decir que Alexander era terriblemente inteligente. Había aprendido latín y griego, y el doctor MacGregor tenía la esperanza de enviarlo a la universidad. Pero Duncan no quiso saber nada. Había un empleo para el muchacho aquí en Kinross, en la fábrica, y como Winifred ya se había marchado, Duncan quería que Alexander se quedara con él. ¡Era un hombre muy severo, Duncan Drummond! Me había pedido en matrimonio, ¿sabes?, pero yo debía cuidar de mi madre, así que no lamenté rechazar su proposición. ¡Y ahora tú vas a casarte con Alexander! Es como un sueño, Elizabeth, ¡exactamente como un sueño!

Esa última observación era muy cierta. A pesar de lo terriblemente ocupada que estaba, en algún rincón de su mente Elizabeth había estado pensando acerca de su futuro, y lo veía muy parecido a aquellas nubes que surcaban el anchuroso e interminable cielo escocés: a veces eran leves y alegres volutas, a veces eran tristes y grises, otras veces negras y tormentosas. Una ruptura desconocida con consecuencias desconocidas, y el limitado saber adquirido en sus escasos dieciséis años no le procuraba ni consuelo ni información. A un momentáneo sentimiento de entusiasmo le sucedía un acceso de llanto; a un brote de alegría, una vertiginosa caída en el más negro abatimiento. Aun después de haber leído cuidadosamente el diccionario geográfico del doctor Murray y la Enciclopedia Británica, la pobre Elizabeth carecía de criterio que le permitiera apreciar en toda su magnitud esta drástica y completa mudanza de su suerte.


Cuando los vestidos estuvieron listos, entre ellos el de novia, fueron plegados y colocados uno por uno entre hojas de papel tisú, y empacados en sus dos baúles, regalo de su hermano Alastair. Mary le regaló un velo de encaje francés blanco para que lo usara el día de la boda, y la señorita MacTavish, un par de chinelas de satén blanco; en fin, todos sus familiares se las arreglaron para regalarle algo, excepto James, fuese un frasco de agua de Colonia, un broche tallado, un alfiletero o una caja de bombones.



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