– Cualquier mujer joven, respetable y bien educada le vendrá bien, a juzgar por cómo están las cosas en el lugar desde el que escribe.

– ¿Desde dónde escribe? -preguntó ella, sabiendo que no se le permitiría leer la carta.

– Nueva Gales del Sur-gruñó James, con un dejo de satisfacción en la voz-. Parece que a tu primo Alexander le ha ido bastante bien, ha hecho una pequeña fortuna en unos yacimientos de oro -dijo frunciendo el entrecejo-. O al menos -añadió, con cierta complacencia- ha ganado lo suficiente para conseguirse una esposa.

Elizabeth pasó del asombro a la consternación.

– ¿No le resultaría más fácil encontrar una esposa allí, Padre?

– ¿En Nueva Gales del Sur? Según él, allí no hay más que prostitutas o mujeres que han acabado en Australia después de salir de la cárcel, o no tienen la más mínima educación. No, lo que ocurre es que la última vez que Alexander estuvo por aquí vio a Jeannie y se prendó de ella. Entonces la pidió en matrimonio, y yo me negué. Vamos, ¿por qué iba yo a aceptar a un calderero haragán que vivía en los suburbios de Glasgow para Jeannie, que apenas tenía dieciséis años? Tu edad, pequeña. Por eso estoy seguro de que tú le vendrás bien: le gustan jóvenes. Lo que busca es una esposa escocesa de virtud intachable, que sea de su misma sangre y en quien pueda confiar. En todo caso, eso es lo que él dice. -James Drummond se puso de pie y se encaminó a la cocina-. Prepárame un poco de té.

Poco después regresaba al salón con su botella de whisky mientras Elizabeth depositaba unas hebras de té en la tetera ya entibiada y vertía agua hirviendo sobre ellas. Padre era un presbítero -uno de los ancianos de la iglesia-, de modo que no era un bebedor, y mucho menos un borracho. Cuando vertía una pequeña cantidad de whisky en su taza de té lo hacía porque había recibido alguna buena noticia, como la del nacimiento de un nieto, por ejemplo. Pero ¿por qué la noticia de la boda era tan buena? ¿Qué pasaría cuando se quedara sin ninguna hija que se ocupara de él?



2 из 594