En la zona sur del condado había carbón suficiente para que estas modestas industrias locales pudieran funcionar, y gracias a ellas James Drummond no se había visto obligado a abandonar su tierra natal para buscar trabajo y medios de vida o, en el peor de los casos, procurar a su familia una mera subsistencia, como les había sucedido a tantos otros escoceses que por entonces se hacinaban en la miseria pestilente de esos suburbios que proliferaban en las grandes ciudades. Al igual que su hermano mayor, Duncan, que era el padre de Alexander, James había trabajado toda su vida -y ya contaba cincuenta y cinco años- en la fábrica de tejidos de lana, produciendo metros y metros de aquel paño a cuadros típico del país que después comprarían los sassenachs -como los escoceses llamaban despectivamente a los ingleses-, sobre todo después de que la Reina pusiera de moda el tartán.

Los fuertes vientos escoceses disipaban el humo de las chimeneas del mismo modo que la mano del artista difumina el carboncillo sobre el papel, y limpiaban la bóveda celeste que parecía extenderse casi hasta el infinito. A lo lejos, pobladas de brezos otoñales que les daban un tinte uniformemente morado, se alzaban las Ochils y las Lomonds, elevadas y agrestes montañas en cuyas laderas las deterioradas puertas de las pequeñas casas de los colonos parecían oscilar en medio de la nada, una zona que pronto los terratenientes ausentes invadirían para dedicarse a cazar ciervos y pescar en sus lagos. Algo que no preocupaba en lo más mínimo al condado de Kinross, una fértil llanura densamente poblada de ganado vacuno, equino y ovino. El ganado vacuno estaba destinado a convertirse en la mejor carne asada de Londres, los equinos eran yeguas de cría que les permitían contar con caballos de silla y de tiro, y los ovinos producían lana para la fábrica de tartanes y cordero para las cocinas de la región. También había algunos cultivos, pues la tierra, antes musgosa, había sido exhaustivamente drenada cincuenta años atrás.



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