
Frente a la ciudad de Kinross se extendía el lago Leven, una de esas amplias y agitadas lagunas de un azul acerado tan características de Escocia, alimentado por translúcidas corrientes cargadas de turba ambarina. Elizabeth se encontraba en la orilla, a unos pocos metros de la casa (sabía muy bien que no debía desaparecer de la vista de su padre), y miraba hacia las verdes llanuras que separaban el lago del estuario del Forth. A veces, si el viento soplaba del este, le llegaba el olor a peces que subía desde las frías profundidades del mar del Norte, pero ese día el viento soplaba desde más allá de las montañas, y traía un penetrante olor a hojas enmohecidas. En la isla del lago Leven se alzaba un castillo, aquel en el que Mary, reina de los escoceses, había estado prisionera durante casi un año. ¿Qué habría sentido, sabiendo que era al mismo tiempo soberana y cautiva? Una mujer que había tratado de gobernar una tierra de hombres feroces y sin pelos en la lengua… Pero además había tratado de volver a imponer la fe católica romana, y a Elizabeth Drummond la habían educado con demasiado esmero como presbiteriana para pensar bien de ella por eso.
Iré a un lugar llamado Nueva Gales del Sur a casarme con un hombre que no conozco, pensó. Un hombre que pidió en matrimonio a mi hermana, no a mí. Estoy atrapada en una telaraña urdida por mi padre. ¿Qué pasará si, cuando llego, no le gusto al tal Alexander Kinross? Seguramente, si es un hombre honorable, me enviará de vuelta a casa. Y debe de ser honorable, de lo contrario no habría pedido en matrimonio a una Drummond. Pero yo he leído que en esas toscas colonias, tan alejadas además de la madre patria, escasean las esposas adecuadas, así que supongo que él se casará conmigo. Dios del cielo, haz que me guste! ¡Haz que yo le guste a él!
