Tan acostumbrada estaba a los padecimientos que sobre ella había amontonado la vida, que no había dejado de sufrir, me parecía, ni en la muerte. Ésa era su única herencia y se la llevaba al otro mundo: el sufrimiento cuidadosa y pacientemente cultivado a lo largo de toda una vida, una enredadera sucia que había acabado estrangulándola pero que a ella siempre le pareció normal. Había sido su sino. «Ay, Javier -me había suspirado una vez con resignación-, hay quienes no hemos nacido para ser felices… ya ves. Pasamos por la vida mirando a los demás que lo son y nosotros estamos ahí para compensar.» Una sola vez, en uno de esos momentos de absoluta intimidad cuyo brote nadie es capaz de explicar o comprender, le había preguntado si no recordaba un solo instante de dicha; volvió la cabeza hacia mí con la vista perdida en su propio mundo, Dios sabe qué abismo, y después de un rato interminable, lentamente hizo un gesto negativo. Me pareció una suciedad añadir «¿ni siquiera con tu hija?», pero no fui capaz de reprimirme la crueldad. Y entonces me miró directamente a los ojos durante, oh Dios mío, un minuto o dos, no recuerdo, y negó nuevamente. Sólo esa vez atisbé la hondura de una pasión que me pilló en medio y a punto estuvo de barrerme como si yo hubiera sido una pluma. Ojalá. Con los años, casi conseguí olvidar aquel instante. No habría podido vivir con él. Pero fue un esfuerzo de amnesia que no me sirvió de nada: hizo de la mía un alma errante.

Y el sufrimiento se había ido con África, compañero inseparable de su soledad.

Estuve inmóvil al pie de su cama durante largo rato, incapaz de hacer el ejercicio que me pedía el corazón: un esfuerzo con el que tapar aquella casi calavera con una imaginaria fotografía de la África de quince años antes, como si pudieran superponerse sus rasgos adorables de entonces a la máscara obscena que ahora tenía delante.



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