
Suspiré y para no emocionarme más (me parecía injusto emocionarme después de no haberla querido lo bastante), paseé la mirada por la habitación tan familiar de los abuelos, que con los años había acabado siendo suya. Los únicos elementos extraños eran las probetas, las bolsas de plástico transparente con suero, las grandes bombonas de oxígeno y las palanganas de acero inoxidable, los símbolos de la enfermedad terminal. Y el olor pastoso de la muerte.
– Toma -murmuró mi prima Martita; tenía los ojos hinchados de llorar la muerte de su madre-. Mamá tenía esta caja con tu nombre en el fondo del armario. -Me alargó una desvencijada caja de zapatos con la tapa sujeta por una gran goma-. No sé qué habrá dentro de ella, pero es su letra y creo que debe de ser para ti.
– Nunca me lo dijo -contesté sorprendido.
Luego, mientras hablaba con mi madre o con las amigas de Martita o me ocupaba de algunos detalles del entierro -los mínimos que no hubiera previsto mi prima, siempre tan puntillosa y exacta-, tengo la memoria de haber pasado unas cuantas horas con la caja en la mano, vagamente irritado por el estorbo y sin preocuparme de lo que habría dentro. Recuerdos, fotos, qué sé yo, pensaba distraídamente; poca cosa. Conociendo a África, habría unos cuantos objetos sin importancia, unas cartas, algún lazo de raso escrupulosamente doblado y planchado, alguna medalla de la Virgen de Guadalupe de cuando vivió en México. Ella era muy detallista de las cosas sin importancia, de las menudencias algo tontas que guarda la gente que no tiene grandes pasiones o demasiada emoción interior.
Había muerto como había vivido: en silencio, con los enormes y achinados ojos color malva preguntando a la vida por qué la había maltratado de esa manera.
Durante años me había irritado ver que no hacía nada por combatir su suerte, por intentar conquistar su parcela de felicidad. Yo siempre había mirado con liviana condescendencia a la gente pasiva, a la que veía desprovista de capacidad de reacción o de lucha: era típico de mi moralidad y de la de mi generación medir la valía de las gentes por cómo daban las dentelladas.
