
El piso en el que vivíamos me parecía, como digo, muy grande y algo lúgubre, de largos pasillos y alcobas interiores comunicadas entre sí por puertas correderas de cristales. Se me ocurre ahora que la intimidad debía de ser imposible en aquel hogar tan intercomunicado a diestro y siniestro. Mi hermano y yo dormíamos en una de aquellas alcobas, pegada al cuarto de baño, mientras que Martita lo hacía con su madre en otra contigua. Mi abuelo nos despertaba puntualmente todos los días a la misma temprana hora (temprana debía de ser, porque siempre asocio el despertar en Cádiz con la oscuridad reinante) y, mientras se afeitaba con una navaja barbera previamente afilada con pausados gestos -atrás y adelante, atrás y adelante- sobre una cincha de cuero ennegrecida, desde el espejo vigilaba nuestras abluciones. Yo era el primero a quien correspondía la ducha obligatoria en una gran bañera que tenía cuatro patas como si fueran las garras de un león pintadas de blanco. Caía un exiguo chorro de agua fría que era una insufrible tortura cotidiana. Luego nos enviaban a un colegio (a Martita no, porque era niña y entonces, naturalmente, no existía la educación mixta) que quedaba muy lejos, en un lugar que se llamaba Puerta de Tierra y al que íbamos en tranvía.
El colegio me era indiferente, pero me aterraban los profesores, solemnes y siempre vestidos de negro. Algo debían enseñarnos porque pasábamos muchas horas en aquellas aulas luminosas sin que se nos permitiera movernos y siempre regresábamos a casa con una mochila cargada pesadamente creo que de cuadernos y cartapacios, lápices y palilleros, y traíamos los dedos manchados de tinta. Yo, además, era un maestro en el manejo de las canicas y raro era el día en que no regresaba a la casa de la plaza de España con alguna nueva, grande y llena de colores tintineando en el fondo de la mochila tras haberla ganado a alguno de mis compañeros de clase en el patio del recreo.
