Por esta razón, me parece que mi abuelo siempre consideró que debía mantenerla a raya y bien disciplinada, a su lado y vigilada. Por qué a ella, por qué culparla a ella de todo lo que había de sucederle y de cuantas desgracias le habían caído encima, es cosa que siempre escapó a mi comprensión y, desde luego, a mi tolerancia.

Aunque, claro, no lo recuerdo porque yo era apenas un párvulo, sé que África aceptaba todo esto sin rechistar, sin que se le sublevara el alma, sin plantearse siquiera un momento de rebeldía personal. Como, por ejemplo, agarrar el petate y desaparecer por la puerta una mañana. Es bien cierto que, estando poco preparada para las cosas de la vida o sencillamente para ganarse el sustento sin ayuda de nadie, el concepto de rebeldía, la idea de desaparecer, debían serle tan ajenos como la tentación de enfrentarse a su padre y ponerse a defender sus derechos como mujer. ¡Cómo se acostumbra uno al lenguaje de la modernidad! ¡Derechos de mujer en la España de 1944! Menuda ridiculez.

No recuerdo de Cádiz más que algunos detalles sin importancia, que no me parecen siquiera importantes para que un niño establezca sus propias coordenadas vitales. Lo que es más, nunca he vuelto a Cádiz para dar consistencia a tales recuerdos. Tampoco sé si la memoria ha sido alimentada por lo que luego nos contaron los mayores, dando así precisión a lo que de otro modo sería mera y borrosa intuición. Pero al menos, la plaza de España en la que teníamos nuestra casa, que se me antoja un piso enorme, es inmensa en mi memoria y siempre está soleada. Detrás de casa, a través de un callejón zigzagueante se accedía a un largo malecón junto al que jugábamos por las tardes.



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