
La casa de la plaza de España andaba toda revolucionada porque, claro, Carlos Mata era primo de la tía África y sobrino de mi abuelo e iba a visitarnos y probablemente a cenar con todos ellos después de la corrida. Me parece que a mis abuelos no les hacía mucha gracia todo aquel revuelo: ¡un torero en una casa de bien! Pero se trataba de un héroe nacional, familia íntima de todos, y no era cosa de rechazar su presencia. Hubiera sido un escándalo en la ciudad. Se pondría buena cara y a otra cosa. Y del hecho de que todos estábamos emparentados con Adolfo Anglés, el poeta comunista hermano de mi abuelo, nadie hablaba, por supuesto. Adolfo no existía siquiera, sus obras no se vendían en España y alguna que había en casa y que años después descubrí en la librería de mi padre tenía grandes tachaduras de tinta con las que habían sido borrados los versos en los que Anglés insultaba a Franco llamándole «asesino de mi alma colectiva, tú, ignorante general de zafia bota manchada de barro y sangre, que nos has robado hasta la voz y que no acallarás nuestro espíritu». También faltaban páginas enteras que habían sido arrancadas para hacer desaparecer sonetos que hablaban de amor y lujuria.
África conocía bien a su primo, lo sé. Tenían la misma edad y Carlos había sido testigo de su boda en representación de toda la familia mexicana, de modo que mi tía, cuya vida de emociones debía de ser bien pobre en aquellos años, estaba entusiasmada por la visita y había conseguido del abuelo permiso para asistir a la corrida acompañada de la abuela. Se sentarían en un balconcillo o en una barrera de sombra y Carlos haría colocar delante de ellas el capote de paseíllo y con toda seguridad brindaría uno de los toros a su prima. Era una gran tarde, la única gran tarde de África en años.
