Me interpuse yo.

Fue verdaderamente ridículo, algo que solamente puede pasarle a un pequeño tímido y aterrado. En la clase del final del día, justo después de que el profesor nos hubiera advertido que no pensaba autorizar más salidas de ninguno de los alumnos para ir al baño -a esa edad la naturaleza urge de manera inmediata e implacable-, sentí una necesidad tremenda e inaplazable de hacer lo que se llamaban aguas mayores. Caca, vamos. Pero no me atreví a levantar la mano y pedir permiso. La hora se acababa y me puse a rogar al cielo que me permitiera resistir hasta pocos minutos después. Apenas unos minutos, oh angelito de la guarda. Todo mi ser estaba concentrado en aguantar. Lamentablemente, sin embargo, mientras el espíritu puede ser fuerte en momentos de gravedad, el esfínter de un niño de seis años no está suficientemente curtido. Por no hacer la explicación demasiado prolija, baste decir que en el mismo momento en que el profesor anunció el final del día lectivo, mi intestino cedió, blandamente, sin estrépito, pero de modo contundente.

Aterrado por lo que me había sucedido, esperé inmóvil hasta que todos mis compañeros hubieran abandonado el aula, disimulado detrás de la tapa del pupitre mientras hacía como si estuviera rebuscando en su interior. La inmensidad de todo lo que tenía que hacer hasta llegar a casa manteniendo un mínimo de dignidad desfiló por mi imaginación en un segundo y se me antojó una tarea titánica. Primero debía llegar hasta los lavabos para eliminar la mayor cantidad posible de delator rastro de mi crimen; luego tenía que subirme al tranvía en un lugar bien aireado, probablemente la plataforma trasera, siempre y cuando hubiera pocos viajeros ocupándola. Después, a medida que fueran subiéndose gentes al tranvía, debería calcular el límite mínimamente resistible del insoportable olor que me acompañaría, para bajarme del vagón y recorrer a pie el resto del camino hasta la plaza de España. Pero, una vez en casa, me quedaría el enfrentamiento con mi abuelo, lo que se me hacía verdaderamente insufrible. Para mayor inri, el abuelo estaría solo, puesto que las mujeres ya se habrían ido a la plaza de toros a festejar la presencia de Carlos Mata.



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