Creo que, de haber tenido unos años más, me habría fugado. Pero siendo tan pequeño como era, mi único recurso fue ir al lavabo (muy despacio para que nada me resbalara por las piernas) y, una vez dentro de uno de sus cubículos, ponerme a llorar desconsoladamente.

Naturalmente, nada había con qué limpiarme, ni periódicos, ni un trozo por pequeño que fuera de papel de estraza de un abandonado bocadillo. Nada. Sólo en mi mochila, una solitaria y larga carta de mi madre que yo atesoraba desde tres días antes y que iba leyendo a trocitos. ¿Qué otra cosa podía hacer?

Pudo más la vergüenza infinita que me daba el espantoso trance por el que estaba pasando que el consuelo de los pensamientos que mi madre lejana y añorada había consignado por escrito con grandes letras mayúsculas (para que pudiéramos leerlo los pequeños que acabábamos de aprender) en varias hojas de papel cebolla. Y así, su primera y larga misiva -la primera de muchas que la siguieron con los años, siempre llenas de recomendaciones y admoniciones morales y prácticas sobre el modo de orientar mi vida- fue a parar a la taza de un retrete de colegio en Cádiz habiendo prestado un señaladísimo servicio que nada tenía que ver con la intención epistolar inicial. Volví a casa despacio, tan despacio como me lo permitía el lastimoso estado de mis pantalones y de mis piernas y el olor que despedía. Me parecía que cuanta persona se cruzaba conmigo me miraba con asco y ello debería haber acelerado el regreso, pero por encima de todo primaba el deseo de retrasar el momento de enfrentarme con mi abuelo.

Tuve suerte: la primera persona con la que me encontré al entrar en casa fue Martita y a ella le conté de corrido y con toda la desolación acumulada la concatenación de mis desgracias.



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