
No lo olvidaré jamás: la tía África hecha un brazo de mar, vestida con un traje de encaje negro, perfumada y repeinada, lavándome sin importarle nada el tiempo o la suciedad o el olor, sin importarle los capotes de paseíllo que la esperaban, los claveles reventones, el aroma de los puros, el pasodoble en la plaza, los toreros desplegando sus capotes y arrastrándolos suavemente por el albero. Y todo en su honor, todo especialmente preparado para resarcirla del aburrimiento diario en que se había convertido su vida: hoy se le concedía el derecho a disfrutar de un breve instante de felicidad despreocupada; unos dioses habían esperado hasta aquel momento para recompensar con unas horas de alegría toda la amargura que era suya sin que se supiera por qué o a causa de qué pecado y que, en seguida después, se reinstalaría en su rutina diaria hasta… bueno, hasta otra ocasión impensable. Pero África me hablaba en voz baja repitiéndome que no pasaba nada y que esconderíamos la ropa sucia hasta que ella la pudiera lavar aquella noche para que nadie se enterara de nada. Martita lo miraba todo en silencio con una mano apretada contra la boca.
– ¡Vamos hija!
– Ya estoy, mamá. Un minuto más y ya estoy.
– ¡Vamos, África, hija, que deben estar a punto de dar el paseíllo!
– Me termino de pintar los labios, mamá, y voy.
Una excusa francamente débil para cualquier persona que conociera con cuánta emoción impaciente habían transcurrido para África los días y las horas precedentes. Pero la abuela también sabía lo pizpireta que era su hija y por eso supongo que no debió de extrañarle que decidiera perder unos cuantos minutos preciosos para retocarse el carmín de los labios o el rímel de los ojos.
En fin, que cuando me tuvo seco y perfumado con sus polvos de talco (unos que había en una gran caja redonda de cartón negro con una borla de pluma muy suave que hacía cosquillas en toda la piel), me pude poner un calzoncillo limpio traído a hurtadillas por mi prima.
