Pero ¿impedir que sufriera? ¿Abreviar su dolor? Eso no se nos pasó por la cabeza ni por un instante. África moriría del modo cruel que le tenía reservado la enfermedad. Primero perdería progresivamente el equilibrio hasta que no pudiera ya sostenerse en pie; después, se le iría haciendo más gangoso el modo de hablar; luego dejaría de reír porque perdería el uso de los músculos de la cara. Con los meses, la tendríamos que sentar en una silla de ruedas. Un poco más adelante, la cabeza empezaría a dejar de sostenerse por sí sola y nos veríamos obligados a fijarla contra un pequeño arco de acero cubierto de terciopelo. Más tarde sería necesario confinarla a una cama y sólo sería ya capaz de proferir algunos sonidos guturales (ella, que había tenido siempre una voz tan poderosamente sensual) que sólo unos cuantos íntimos habituados seríamos capaces de descifrar. Entonces y durante un tiempo relativamente breve utilizaría una pequeña pizarra blanca de plástico sobre la que escribiría torpes palabras con una pluma de fieltro negro; un pañuelo de papel le bastaría para borrar cuanto escribiera. Para entonces, ya necesitaría tener otro pañuelo apretado entre los labios para que no le escurriera la saliva por la barbilla; sería de tela, primero, y de papel, después, cuando le resultara el de algodón demasiado pesado. Comería cada vez menos, unos purés cada vez más aguados (de hecho, mi esperanza fue que quisiera dejarse morir de inanición; ¡habría sido tan fácil!), bebería de una taza sorbiendo por una pajilla de plástico articulada por la mitad para no tener que inclinar el recipiente y sufrir que se le derramara el líquido encima. Y luego, habría que lavarla. Su hija, al principio, y una enfermera, más tarde, la llevarían al cuarto de baño (el mismo cuarto de baño,



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