Con más de cincuenta años, con el pelo muy negro y sus ojos malva, con su enorme boca irregular, llamaba la atención cuando llegaba a la plaza de Las Ventas colgada de mi brazo. Como a ella le parecía una barbaridad que yo perdiera el tiempo convidándola a los toros, repetíamos siempre un mismo ceremonial de invitación y rechazo, ella con gran seriedad y yo con sorna. «Oye, chamaquito, ¿por qué no te llevas a un mango de esos que andan sueltos por Madrid? ¡Mira que ir a los toros con tu anciana tía en vez de con un bombón!» «Claro, ¿y con quién hablo yo de la fiesta mientras tanto?» Entonces yo aún fumaba: me divertía encender un 8-9-8 mientras una gitana me colocaba un clavel en la solapa. Ahora me da vergüenza recordar mis concesiones vanidosas al tipismo folclórico, pero entonces me divertían sobremanera.)

Aquel día la cena familiar se celebraba en casa de mi madre.

– Sí que estás trompa, África, sí -dijo ésta. Y volviéndose a mí afirmó-: Eres un galán… Eso es lo que tú eres… ¡Novias! Estás tú bueno. A ver si sientas la cabeza… Pues sí que tomaré un poco más de tortilla. Os ha salido estupenda.

José Luis, mi hermano pequeño, me puso la mano en el brazo y exclamó:

– ¿Éste? Hay un rumor en Madrid que asegura que Javier se ha traído una modelo rubia que mide dos metros y que la tiene escondida en el Palace.

– ¡Bah! Tonterías.

– No. Que es verdad, que va en serio.

– Mira, José, el día que me pase una cosa así, serás el primero en enterarte. No ligo ni con polvorones, majo.

Aquel día de mayo de hace cuatro años, sin darnos cuenta, la enfermedad mortal de África se nos había colado de rondón, sin avisar: un pequeño corte en un dedo, un trastabilleo inocente y había llegado la muerte.



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