
Aquel día la cena familiar se celebraba en casa de mi madre.
– Sí que estás trompa, África, sí -dijo ésta. Y volviéndose a mí afirmó-: Eres un galán… Eso es lo que tú eres… ¡Novias! Estás tú bueno. A ver si sientas la cabeza… Pues sí que tomaré un poco más de tortilla. Os ha salido estupenda.
José Luis, mi hermano pequeño, me puso la mano en el brazo y exclamó:
– ¿Éste? Hay un rumor en Madrid que asegura que Javier se ha traído una modelo rubia que mide dos metros y que la tiene escondida en el Palace.
– ¡Bah! Tonterías.
– No. Que es verdad, que va en serio.
– Mira, José, el día que me pase una cosa así, serás el primero en enterarte. No ligo ni con polvorones, majo.
Aquel día de mayo de hace cuatro años, sin darnos cuenta, la enfermedad mortal de África se nos había colado de rondón, sin avisar: un pequeño corte en un dedo, un trastabilleo inocente y había llegado la muerte.
