
En la época en que África empezó con su enfermedad, yo vivía en Nueva York y allí escribía de temas europeos para dos revistas cosmopolitas mientras preparaba mi tercera o cuarta novela. No recuerdo muy bien cuál. Es más: ahora que lo pienso me parece que ni siquiera era una novela, sino un libro de relatos que me había encargado mi editor americano.
– Chamaquito -dijo aquella noche de mayo África; se había cortado un dedo pelando patatas y se había puesto un pequeño esparadrapo en él-. ¿Cuántas novias tienes en Nueva York? ¿Tres, cuatro?
– Bah, ¡qué exageración, tía África! -respondí-. No tengo más novia que tú. Es un hecho conocido en el mundo entero.
– Ya -contestó ella-. Ya. Lo que es un hecho conocido es que eres un sinvergo… sinvar… ¡uy, he bebido más vino con gaseosa de lo conveniente! -se corrigió riendo-. Sinve… ¡un frescales, vamos! -Frunció el entrecejo, sorprendida de la patosería de su lengua-. Estoy piripi.
Todos reímos, porque así de inocentes eran nuestras comidas. En cuanto África bebía más de un vaso de vino, se le subía a la cabeza y empezaba a disparatar muy graciosamente. (Ella y yo nos poníamos serios únicamente cuando discutíamos de toros y toreros; en México, África había aprendido mucho más de lo que yo nunca podría sobre el mundo del toro. Por eso para mí era un rito sagrado llevarla a las tres o cuatro grandes corridas de la feria de San Isidro en Madrid. Se ponía guapísima, vestida con camiseros de seda estampada con grandes flores rojas o de vivos colores o con trajes de chaqueta entallados -ésos eran mis atuendos preferidos- y siempre unos zapatos de tacón altísimo que realzaban la finura de sus tobillos y lo largas que tenía las piernas.
