En mi familia española no estaba bien reconocer que teníamos a un torero entre los primos, por famoso que fuera, o a un poeta entre los tíos, precisamente por ser éste un cantor maldito de las dolencias del alma colectiva. Nunca se hablaba de ellos; ni siquiera África los mentaba ya en los últimos años de su vida. En nuestra familia no había lugar para cómicos y artistas.

La foto había sido tomada frente a una casa más bien vulgar: un porche de piedra, puertas de cristales a cada lado y ventanas cuadradas en el primer piso; por el lado derecho aparecían dos o tres palmas vencidas de lo que debía ser una gran palmera inclinada sobre la fuente.

Di la vuelta a la fotografía. No ponía nada. O, dicho con más propiedad, lo que ponía resultaba completamente ilegible: había habido una inscripción, pero a lápiz, y alguien se había tomado la molestia de borrarla cuidadosamente.

La caja contenía una sola cosa más. Un sobre abultado dirigido a «Doña África Anglés, calle de Casado del Alisal 32, Madrid». El sello era de México y la carta decía así:


Querida África:

Ramona me ha leído esta noche la carta tuya que acababa de recibir. Ella, Armando y yo, después, hablamos largamente de ti. Y los tres con un cariño que podría barrer nuestra ingratitud y nuestro olvido. Los míos también… Los tres te queremos, los tres te conocemos. Y porque te conocemos te queremos: Eres hermosa y buena. Raro consorcio el de la Virtud y la hermosura. Privilegio de unos pocos tan sólo. Siempre ha sido muy difícil pasear a la belleza por el pantano del mundo. Hoy más que ayer. Quiero decirte esto con orgullo.

Nunca escribo a nadie. Cuando tengo alguna cosa urgente que decir, se la digo al viento. Me gusta confesarme con el viento. Lo cual es como confesarme con Dios. Y como en un poema quiero decirle a Dios y al viento todo cuanto escribo aquí. Nunca escribo a nadie, pero un día ya no puedo más y siento un deseo irrefrenable de hacer del silencio un grito palpitante. Porque uno no debe hablar más que para decir la verdad o confesar algún pecado. ¿Y tú mi pequeña África pretendes confesar un pecado? No. Sólo hablas para decir la verdad y revestirla de virtud.



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