– Absolutamente. Es lo que mas les gusta -dijo Drake, su voz con un matiz de humor-. ¿Está usted decente?

Maggie abotonó la camisa caqui directamente sobre la camiseta mojada. El aire era espeso, el olor de tantas flores casi empalagoso en la humedad opresiva. Sus calcetines estaban mojados, haciendo que sus pies estuvieran incómodos.

– Sí, estoy decente. ¿Estamos cerca ya? -Ella no quiso quejarse pero de pronto se sintió irritable y molesta con todo y todos.

Drake no se giró para comprobarlo.

– Está un poco más lejos. ¿Tiene que descansar?

Ella era muy consciente de que sus escoltas miraban el espeso follaje con cautela. Su aliento se atascó en su garganta. Podría haber jurado que vio la punta de una cola negra crisparse en los arbustos a unas pocas yardas de donde ella había estado de pie, pero cuando parpadeó, sólo había sombras más oscuras e infinitos helechos. Por mucho que lo intentó, no pudo ver nada en el bosque profundo, pero la impresión de peligro permaneció aguda.

– Yo preferiría seguir -admitió ella. Se sintió muy incómoda e indispuesta. Un momento quería atraer a los hombres, y al siguiente quería gruñir y arañarles, sisear y escupirlos para alejarlos de ella.

– Continuemos entonces -señaló Drake y se pusieron una vez más en movimiento.

Los tres hombres llevaban armas que colgaban descuidadamente en sus espaldas. Cada uno de ellos tenía un cuchillo atado con correa a la cintura. Ninguno de ellos había tocado las armas, incluso cuando el felino había hecho notar su presencia cerca.

El paso que los hombres impusieron era agotador. Estaba cansada, mojada, pegajosa y demasiado caliente, y sobre todo, le dolían los pies. Sus botas de excursión eran buenas, pero no tan usadas como le habría gustado. Sabía que tenía ampollas formándose en sus talones y estaba hambrienta por momentos, pero Maggie no era de las que se quejan. Sentía que los hombres no la empujaban por ser crueles o para probar su resistencia, pero por alguna razón que no comprendía tenían que hacerlo por su seguridad. Ella obedeció como mejor pudo, yendo de prisa a lo largo del sendero en el calor bochornoso, preguntándose por qué la selva se sentía tan cerca y en qué lugar había desaparecido el rastro de lo que los acechaba.



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