
La camiseta blanca de Maggie empapada al instante por el diluvio repentino, se volvió de un material casi transparente. Sus pechos fueron perfilados, llenos, intrigantes, una elevación de carne lozana, cremosa, sus pezones más oscuros, dos brotes gemelos de invitación. La riqueza de su cuerpo expuesto atrajo su mirada fija como un imán. Llamándole. Hipnotizándole. Su boca se secó, y su corazón martilleó como un tambor. Drake echó un vistazo atrás a Maggie, su mirada se mantuvo fija durante un caliente, tenso momento sobre el balanceo de sus pechos.
Una advertencia retumbó profundamente en la garganta de Brandt. El gruñido era bajo, pero el silencio del bosque lo llevó fácilmente. Él rugió, el peculiar, gruñido de su clase. Una amenaza. Una orden. Drake se quedó rígido, giró la cabeza alrededor, miró detenidamente e inquietamente en los arbustos.
La mirada de Maggie siguió la de Drake a la vegetación espesa. No había ningún modo de interpretar mal el sonido de un gran felino de la selva.
Drake le tiró la mochila.
– Póngase algo, lo que sea, para cubrirse -su voz estaba acortada, casi hostil.
Sus ojos se ensancharon por el asombro.
– ¿No oyó usted eso?
Ella sostuvo la mochila delante, protegiendo sus pechos de su vista, sobresaltada porque los hombres parecían más preocupados por su cuerpo que por el peligro que se acercaba a ellos.
– Ha tenido que haber oído eso. Un leopardo, y cerca, deberíamos marcharnos de aquí.
– Sí. Es un leopardo, señorita Odessa. Y correr no es una buena idea si han decidido hacer de usted su comida.
Dándole la espalda, Drake pasó su mano por su pelo mojado.
– Solamente póngase algo y estaremos bien.
– ¿A los leopardos les gustan las mujeres desnudas? -dijo Maggie sarcásticamente poniéndose a toda prisa su camisa caqui. Restándole importancia a la situación para que no le entrara el pánico.
