
Su estrategia había sido planeada durante años. Había tenido tiempo para planearla mientras la buscaba por el mundo, mientras él repasaba cada documento en la caza de su presa. Cuando estuvo seguro de que tenía a la mujer correcta, a la única mujer, puso su plan en marcha usando a su abogado para atraerla a la selva, en su territorio.
Se movió rápido por la espesa fauna, silenciosa pero rápidamente, sin esfuerzo abriéndose camino hacia los bordes externos de la selva saltando sobre los árboles caídos. Un rinoceronte gruñó cerca. Los ciervos se revolvían con miedo cuando captaron su olor. Animales más pequeños corrieron fuera de su camino y los pájaros permanecieron quietos a su acercamiento. Los monos se retiraron a las ramas más altas del dosel, pero ellos, también, permanecieron callados, no atreviéndose a suscitar su ira mientras el pasaba debajo de ellos.
Esto era su reino y él raras veces hacía alarde de su poder, pero cada especie era consciente de que las interferencias no serían toleradas. Sin su constante vigilancia y su cuidado continuo, su mundo pronto desaparecería. Él los cuidaba y protegía y pedía poco a cambio. Ahora exigía completa cooperación. La muerte vendría silenciosamente y rápidamente a cualquiera que se atreviera a desafiarlo.
Todo fue diferente en el momento en que Maggie Odessa puso un pie en la jungla. Ella era diferente. Lo sentía. Donde el calor en la costa había sido opresivo, sofocante, dentro del bosque el mismo calor parecía envolverla en un mundo extrañamente perfumado. Con cada paso que daba al interior más profundo, ella se hacía más consciente. Más alerta. Como si estuviera despertando de un mundo de ensueño. Su oído era mucho más agudo. Podía oír a los insectos separadamente, identificar los sonidos de los trinos de los pájaros, los chillidos de los monos. Oía el viento crujiendo entre las ramas y a los pequeños animales corriendo entre las hojas. Era extraño, incluso estimulante.
