
Cuando Maggie había conoció la existencia de su herencia por primera vez, había pensado en venderla sin verla siquiera, por consideración hacia su madre adoptiva. Jayne Odessa había sido firme en que Maggie nunca entrara en la selva tropical. Jayne se había asustado sólo con pensarlo, pidiendo repetidamente a Maggie que le prometiera que nunca se pondría en peligro. Maggie había querido a su madre adoptiva y no quiso ir contra sus deseos, pero después de la muerte de Jayne, un abogado se había puesto en contacto con Maggie para informarla de que era la hija de una pareja rica, unos naturalistas que habían muerto violentamente cuando era un niña y que había heredado una propiedad en la profunda selva tropical de Borneo. La tentación era demasiado grande para resistirse. A pesar de las promesas que había hecho a su madre adoptiva, había viajado alrededor de medio mundo para buscar su pasado.
Maggie había volado hasta un pequeño aeropuerto y se había encontrado con los tres hombres enviados por el abogado para encontrarla. Desde allí habían viajado en un vehículo cuatro por cuatro durante una hora antes de abandonar la carretera principal y tomar una serie de caminos sin pavimentar que conducían a lo más profundo del bosque. Parecía como si hubieran chocado con cada surco y hoyo del camino de tierra. Aparcaron el vehículo para seguir a pie, una perspectiva que no le hacía muy feliz. La humedad era alta y anudó su camisa caqui alrededor de su mochila mientras se internaban profundamente en el bosque.
Los hombres parecían enormemente fuertes y bien preparados, Estaban bien constituidos, tranquilos mientras andaban, sumamente alertas. Había estado nerviosa al principio, pero una vez que empezaron a andar en la selva más profunda, todo pareció cambiar; ella se sintió como si volviera a casa.
Mientras seguía a sus guías, enrollándose profundamente en su oscuro interior, se dio cuenta de la mecánica de su propio cuerpo. De sus músculos, del modo en que se movían elegantemente, sus zancadas casi rítmicas. No tropezaba, no hacía ruidos innecesarios. Sus pies parecían encontrar su propio lugar sobra la tierra desigual.
