
– ¿Diga? -Jenny Riley respondió al segundo tono. Jenny, una estudiante de una universidad de la zona, cuidaba a las gemelas mientras Nicole trabajaba.
– Hola, soy Nicole. Sólo quería saber qué tal iba todo. Saldré de trabajar dentro de poco… -miró el reloj y suspiró-, puede que en una hora. ¿Quieres que te lleve algo de camino a casa?
– ¿Qué tal uno o dos rayos de sol para Molly? -bromeó Jenny-. Ha estado de mal humor desde que se ha levantado de la siesta.
– ¿Sí? -Nicole sonrió al recostarse sobre su silla, que chirrió a modo de protesta. Molly, más precoz que su hermana gemela, siempre se levantaba de mal humor mientras que Mindy, la más tímida de las dos niñas, siempre sonreía, incluso cuando se la despertaba de la siesta.
– Es terrible.
– ¡No! -dijo una diminuta e impertinente voz.
– Claro que sí, pero te quiero de todos modos -dijo Jenny con una voz más suave al apartarse del teléfono.
– ¡Yo no soy terrible!
Sin dejar de sonreír, Nicole apoyó los pies sobre la mesa y suspiró. Las dificultades del día se desvanecían cuando pensaba en sus hijas, dos diablillos de cuatro años que le daban energía para seguir, que eran la razón por la que no se había vuelto loca después del divorcio.
– Diles que llevaré pizza si son buenas -oyó a Jenny darles el mensaje y la correspondiente muestra de alegría.
– Ahora se han puesto como locas -le aseguró la joven y Nicole rió justo cuando se oyó un fuerte golpe en la puerta y ésta se abrió bruscamente. Un hombre alto, que probablemente superaba el metro noventa, casi ocupaba todo el marco de la puerta. El corazón le dio un vuelco al reconocer a Thorne.
