– No te entiendo -gruñó J. Randall-. Esto podría haber sido tuyo, hijo. Todo tuyo -trazó un amplio arco con el bastón y la mirada de Thorne siguió el gesto de su padre. Potros larguiruchos jugueteaban en un pasto mientras una manada de ganado moteado con tonos rojizos, negros y marrones pastaba cerca del arroyo seco que atravesaba lo que era comúnmente conocido como «el gran prado». La pintura del granero se había desconchado, había que reemplazar las ventanas de los establos y aquel maldito lugar al completo parecía estar padeciendo la misma enfermedad que había debilitado a su propietario.

El rancho Flying M. El orgullo y la felicidad de John Randall McCafferty, aunque ahora estaba al cuidado de un capataz porque él estaba demasiado enfermo y sus hijos demasiado ocupados con sus propias vidas.

Thorne contempló los acres que se extendían ante él con una mezcla de emociones que iban desde el amor al odio.

– No voy a casarme, papá. No por mucho tiempo.

– ¿A qué viene la espera? Y no me digas que necesitas tiempo para dejar huella. Eso ya lo has hecho, chico -unos viejos ojos azules lo miraron y parpadearon ante los rayos del cegador sol de Montana-. ¿Cuánto vales ahora? ¿Tres millones? ¿Cinco?

– Alrededor de siete.

Su padre resopló.

– Una vez yo fui un hombre rico. ¿Y qué conseguí con ello? -arrugó sus viejos labios-. Dos mujeres que me dejaron seco cuando nos divorciamos y un montón de preocupaciones por haberlo perdido todo. No, el dinero no es lo que importa, Thorne. Son los hijos. Y la tierra. Maldita sea… -mordiéndose el labio inferior, se metió la mano en el bolsillo-, ¿dónde demonios está?… Ah, aquí.

Lentamente sacó un anillo que resplandeció ante la luz del sol y a Thorne se le encogió el estómago al reconocerlo: era el anillo de la primera boda de su padre, el mismo que no había llevado puesto en aproximadamente un cuarto de siglo.



2 из 180